Volver a casa en medio de las ruinas del huracán María

Volver a casa en medio de las ruinas del huracán María

Enrique López volvió a sentir que su pierna estaba adormecida. Sin poder levantarse, el hombre se quedó sentado en el sillón mientras sus hijos se apuraban a empacar todas las pertenencias y limpiar la habitación antes de que fuera la hora para salir del hotel.

“¿Ya le damos a papá su pasaporte o en el aeropuerto?”, le preguntó José López, de 55 años, a Magaly López.

“No, lo va a perder”, respondió ella, de 56 años. “¡Y que no haya líquidos! ¿Sí empacamos la medicina de mami?”.

Su madre, Emma López, comió algo de arroz y frijoles de un recipiente de plástico; sería su última comida antes de dejar la suite en Queens.

Enrique, de 81 años, y Emma, de 75, no solo estaban dejando el hotel; estaban por iniciar un trayecto difícil y, para sus hijos, preocupante: tomarían un vuelo a Puerto Rico, cinco meses después de que la devastación del huracán María los forzó a dejar su hogar.

Omaira López, la hija menor, se sentó sobre la única y abultada valija de sus padres para intentar que cerrara. Omaira, de 44 años, estaba particularmente callada ese día. Le preocupaban el alzhéimer de su madre y el derrame que su padre había sufrido dos semanas antes.

Omaira y sus tres hermanos, que viven en Nueva York, temían que llegara este día; estaban preocupados por cómo vivirían sus padres en una isla que sigue en proceso de recuperación. Sin embargo, la pareja había anhelado su regreso desde que tuvieron que dejar Puerto Rico en octubre.

Luego de salir del hotel en Queens, Enrique lo describió así: “Aquí estoy en el cielo, pero voy de regreso al paraíso”.

Emma padece alzhéimer y Enrique sufrió un derrame durante su estancia en Nueva York, donde se hospedaron en esta habitación de hotel en Queens. CreditChristopher Gregory para The New York Times

A la izquierda, la vista desde el hotel en Queens donde se hospedaron Enrique y Emma. A la derecha, la única maleta que empacaron para regresar a Puerto Rico. CreditChristopher Gregory para The New York Times

Regresar del exilio

Más de 135.000 puertorriqueños han dejado la isla en los seis meses que han transcurrido desde que el huracán María azotó la nación, hacia el final de septiembre. Muchas familias han cambiado de manera permanente sus domicilios o han inscrito a sus hijos en colegios de Florida, Texas o Nueva York.

Sin embargo, muchos otros salieron con planes de regresar. Para ellos, el viaje al norte solo era un descanso del caos que reinó inmediatamente después del huracán: la falta de electricidad, hospitales que no funcionaban y las largas filas para conseguir gasolina o comida. Aún es demasiado pronto para determinar cuántos regresarán, pero algunos ya han empezado a retornar a su patria.

Para muchos de ellos, el regreso después de meses de exilio es un momento emocionante, aunque no deja de ser algo amargo. Tienen que lidiar con una isla que sigue devastada, un lugar donde los apagones son frecuentes, muchos negocios no han reanudado sus actividades y los montes están repletos de carpas que funcionan como techos temporales.

Los puertorriqueños de mayor edad, como Enrique y Emma, son particularmente vulnerables en esa inestabilidad. Más del 23 por cientode la población en Puerto Rico tiene más de 60 años, una cifra que está muy por encima del resto de América Latina. Y es un número que probablemente aumentará porque muchos jóvenes han abandonado la isla.

Regresar, a su edad y con problemas de salud, fue un acto de fe para Enrique y Emma. Dejaban atrás el cuidado médico al que tenían acceso en Nueva York para vivir en las difíciles condiciones existentes en Puerto Rico, la isla que añoraban pese a que, por el momento, no podía satisfacer sus necesidades.

Enrique dijo que su tiempo en Nueva York fue como estar en el cielo, pero que Puerto Rico es el paraíso.CreditChristopher Gregory para The New York Times

El bienestar de los padres

Mientras Omaira más se acercaba en su auto al aeropuerto internacional John F. Kennedy, en marzo, más emocionados estaban sus padres.

Detrás venían Magaly y José, peleándose sobre si realmente iban a permitir que sus padres se subieran al avión. Magaly quería que se quedaran en Nueva York, donde todos los hijos podrían estar cerca; pero José había cedido a los deseos de sus padres y fue quien les compró los boletos.

“Lo veo como un tema de seguridad”, dijo Magaly. “No me importa qué opina mi padre. Se va a caer”.

“Se cae aquí”, respondió José.

“Bueno, pero aquí lo podemos rescatar y cuidar”, dijo ella.

“Se la pasan sentados en el hotel llorando porque quieren ir a casa”, reviró el hermano.

Magaly se hartó: “Entonces, ¿nada más los vamos a botar a Puerto Rico?”.

El principal problema que enfrentaron Enrique y Emma después del huracán fue el colapso del sistema de salud. Los hospitales no tenían electricidad de forma constante y el calor podía ser mortífero para los enfermos y las personas mayores. Preocupada por el estado de salud de sus padres, Omaira los subió a uno de los vuelos de ayuda humanitaria hacia las zonas continentales de Estados Unidos.

Durante los primeros meses, Enrique y Emma se trasladaron entre los departamentos de sus hijos; dormían en las camas de ellos, que a su vez pernoctaban en sillones. En noviembre, Enrique y Emma obtuvieron acceso al programa de atención estadounidense para proveerles vivienda temporal en hoteles. Se mudaron a SpringHill Suites en Queens, aunque nunca se acostumbraron a estar ahí y comenzaron a rogarle a sus hijos que los llevaran de regreso a Puerto Rico.

Emma, quien usualmente no hace mucho alboroto, se quejaba constantemente del frío y de pasar días que le parecían eternos asomándose por la ventana del hotel mientras pasaban los vagones de la línea 7 del metro.

“Yo no quiero esto. Yo quiero volver ya”, le dijo Emma a Omaira en febrero. “Pero me quieres secuestrada aquí. Te voy a echar la culpa a ti”.

“Cuando yo era pequeña ustedes me protegían”, le respondió pacientemente su hija menor, quien es maestra en programas de educación especial. “Ahora yo los protejo”.

Emma en el camino al aeropuerto. Ella y su esposo insistieron en regresar a Puerto Rico pese a las objeciones de sus hijos. CreditChristopher Gregory para The New York Times

Mientras estaban en Nueva York, las peores pesadillas de Omaira se cumplieron. Enrique tropezó en una calle de Manhattan y tuvo que ser ayudado por dos personas para poder levantarse.

En febrero pasó cuatro días hospitalizado por influenza y después sufrió una hemorragia cerebral que dejó temblorosas sus piernas. Enrique, muy parlanchín y que cautiva a cualquiera con sus monólogos, ahora arrastra sus palabras.

“Quiero morir allá, no aquí”, dijo Enrique, acostado en la cama del hotel. Se alcanzaba a ver en su estómago una de las muchas cicatrices por las cirugías. “Nueva York es para gente joven”.

Enrique estaba más débil que como estuvo después del huracán, aunque no cedía e insistía en regresar a casa. José decidió que no tenía sentido desafiar a su padre y que los acompañaría de regreso a Puerto Rico.

“Dije: ‘Ya estuvo’. Vamos a comprar los boletos, vamos para allá y nos las arreglamos”, explicó.

‘Contando las horas’

Enrique y Emma no durmieron en el vuelo hacia Aguadilla porque dijeron que estaban muy emocionados.

En el aeropuerto, los asistentes trajeron sillas de ruedas para Enrique y Emma. Omaira y Magaly se quedaron viendo, entre lágrimas, el ingreso de sus padres y José, a la zona de control de seguridad.

“Estoy contando las horas para volver”, dijo Emma desde la sala de espera de JetBlue, mientras tenía las manos entrelazadas. Eran las 23:30 y la sala estaba repleta de murmullos en español de otros puertorriqueños que estaban a punto de abordar el vuelo.

Enrique y Emma no durmieron en el avión; estaban demasiado emocionados. La primera vez que Enrique se subió a un avión también fue en un vuelo de medianoche. Tenía 17 años y fue a Nueva York, donde vivió y trabajó durante décadas. Ahora regresaba a casa, para quedarse.

A las 4:10 de la mañana, el avión aterrizó en una pista del aeropuerto de Aguadilla, un pueblo cercano a la playa en el noroeste de la isla. Los pasajeros aplaudieron al piloto, algo que para muchos es una tradición cuando llegan a la Isla del Encanto.

“Me pareció que estuve tres años en Nueva York”, dijo Emma mientras iba en la silla de ruedas. Enrique fue el último pasajero en dejar el avión; le respondió a su esposa levantando los pulgares. “A comer unos huevos fritos porque María se llevó nuestra comida, café y todo”, le dijo el padre, emocionado, a José.

Enrique y Emma necesitaron ayuda y sillas de ruedas para bajarse del avión tras llegar a Aguadilla.

La última vez que Enrique y Emma estuvieron en el aeropuerto Rafael Hernández no había luz, no servían los cajeros automáticos y había muchas personas buscando cómo escaparse de la isla. Ahora había electricidad; las ventanas incluso estaban empañadas por el aire acondicionado.

Los efectos del huracán fueron visibles en cuanto el sol comenzó a ascender por detrás de las desgastadas banderas del aeropuerto. El techo de un hangar estaba incompleto. Se veía una gasolinera cerrada con los anuncios metálicos en el piso. Había carpas a modo de techo sobre decenas de hogares. En una isla donde 100.000 hogares todavía no tienen electricidad cualquier progreso es tortuosamente lento.

Los ingenieros seguían reparando una represa importante en Aguadilla que se fracturó durante el huracán. Pronto comenzaría a ser racionado el servicio de agua potable en la zona por las reparaciones, pero Enrique y Emma aún no sabían eso.

Su casa de dos pisos está prácticamente al lado de la autopista más larga de la isla, en un vecindario donde todavía se escuchan los ladridos de perros y los cacareos de las gallinas. El hogar, de concreto, sobrevivió los peores efectos del huracán, aunque la puerta delantera —de madera— estaba rota.

Enrique y Emma fueron recibidos por su yerno Álex Martínez, esposo de Omaira, a su llegada.

Llegaron a eso de las seis de la mañana para encontrarse con el esposo de Omaira, Álex Martínez, de 43 años, quien se había quedado a vivir en el primer piso. Enrique y Emma vivían en el segundo, que solo es accesible por medio de una escalera al lado de la casa.

Estaban de regreso en su hogar 148 días después de dejarlo.

“Yo creía que no iba a volver nunca aquí”, dijo Emma después de abrazar a su yerno, quien seguía algo dormido. “Me tenían secuestrada”.

Enrique, ansioso por entrar, cojeó hasta la escalera. Se agarró del barandal oxidado con su mano izquierda, levantó el pie derecho y estuvo a punto de no alcanzar el primer escalón. Tomó un respiro e intentó de nuevo. Se meció un poco, antes de recuperar el equilibrio.

Emma soltó un grito cuando lo vio y le pidió ayuda a José.

“Deja que lo haga solo”, le dijo él a su madre. “En unos días ya no voy a estar aquí para ayudarlo”.

Cuando Enrique construyó la casa hace dos décadas, después de jubilarse, no tenía cómo prever que las escaleras se volverían algo peligroso. Sus hijos le han pedido desde hace años que se mude al primer piso, pero se niega a hacerlo.

Cuando por fin logró subir, Enrique revisó la casa. Algunas pantallas de las ventanas tenían hoyos por las ratas que habían estado en el lugar durante un tiempo. La bomba de agua estaba rota e iba a ser necesario arreglar la estufa.

Enrique movió el interruptor de la luz. Por lo menos había electricidad.

Emma, de 75 años, prepara la cama después de regresar a su casa en Aguadilla, Puerto Rico.CreditChristopher Gregory para The New York Times

En Aguadilla, como en el resto de la isla, aún son notorios los estragos del huracán.CreditChristopher Gregory para The New York Times

Cálida bienvenida

Al día siguiente ya se había corrido la voz por el vecindario y muchos sabían que Enrique y Emma, la pareja que llevaba 56 años de matrimonio, habían regresado.

Los vecinos comenzaron a llegar al patio, un sitio de reunión donde antes siempre había carambolas y plátanos. Ahora la tierra estaba hecha un desastre; había aguacateros y árboles de mango arrancados de raíz. El huracán destruyó el gallinero y murieron la mayoría de las cuarenta aves que tenía Enrique.

Enrique al lado de su hermana Carmen durante una visita al hogar de ella en Río Grande

Enrique con su sobrina Massiel Bozán, quien fue a visitarlos un día después de su regreso

“Qué bueno verlos y darles la bienvenida”, dijo Carmen Escobar, quien vive en la misma calle. “Siempre que necesitaba unos huevos frescos venía para las gallinas de Quique”, añadió, usando el apodo de Enrique.

“No pensaba que en Puerto Rico iba a pasar un fenómeno como María”, dijo él. “Fue un fenómeno, pero qué importa. Estamos vivos, estamos vivos”.

Escobar, de 61 años, también estaba reajustándose a estar de regreso en la isla. Había pasado tres meses en Colorado con sus hijas antes de regresar el 31 de diciembre, cuando volvió a tener electricidad en su casa. Otros vecinos estaban recién llegados de Miami, Dallas y Pensilvania.

Emma, quien padece alzhéimer, olvidó cerrar un grifo en su casa y se quedaron sin agua durante días. 

Escobar dijo que su salón de belleza apenas tenía clientes y que sus ingresos por la renta de algunos espacios de su casa a los turistas no eran mucho; la industria turística de la isla aún no se recupera.

“El gobierno no ha hecho nada para promocionar el turismo”, se quejó Escobar con Enrique. “La gente necesita saber que ya tenemos electricidad y agua”.

Antes de irse, le recordó a Enrique y a Emma que llenaran el tanque de agua: el gobierno comenzaría a racionarla la siguiente semana.

Una muerte en la familia

El día siguiente, José llevó a sus padres en auto al otro lado de la isla para visitar a la hermana de Enrique, Carmen López, en Río Grande.

Carmen, de 75 años, vive en la misma casa de color verde azulado en la que creció su hermano antes de irse a Nueva York a sus 17 años, en 1954, después de la muerte de su padre.

En Nueva York, Enrique trabajó en el bar del hotel Pierre de Manhattan y enviaba buena parte de sus ingresos a su madre y hermanos en Río Grande. Conoció a Emma, costurera que también migró desde Puerto Rico, y se casaron. Enrique vistió la chaqueta blanca y corbata negra del Pierre por casi cuarenta años hasta que le dio pancreatitis; después de una experiencia cercana con la muerte se jubiló en 1991 y regresó a Puerto Rico.

Enrique y Emma han estado casados por más de cinco décadas. 

“Me han dado 20.000 tormentas, pero yo he sobrevivido todas”, le gusta decir a Enrique. No había visto a su hermana en casi dos años.

Mientras Emma veía las fotografías de otros familiares e intentaba recordar los nombres, Enrique y Carmen intercambiaron sus historias del huracán.

“Pasamos cinco meses sin electricidad en Mameyes”, dijo Carmen, hablando de su vecindario. “Aún recuerdo que llegó el 14 de enero a las tres de la tarde, y todavía viene y se va”.

Enrique escuchó con atención cuando Carmen le contó que un vecino mayor había fallecido. Y después Carmen soltó una noticia aún peor: su esposo, Ramón Ramírez, murió una semana después del huracán. Ramón tenía diabetes y le dio un ataque cardiaco después de pasar varios días en una casa hogar sin electricidad. Tenía 74 años.

Enrique mantuvo su mirada en el piso, callado. Fue lo más silencioso que había estado desde su regreso a Puerto Rico.

“Me han dado 20.000 tormentas, pero yo he sobrevivido todas”, le gusta decir a Enrique.

Las escaleras

Unas dos semanas después de que Enrique y Emma regresaron a su casa, y unos días después de que José regresó a Nueva York, Omaira López me llamó.

Me dijo que Enrique había sido hospitalizado.

“Me llegó una llamada suya y estaba arrastrando las palabras más que de costumbre”, explicó Omaira. “Me dijo: ‘Tengo el pecho apretado, como que no puedo respirar’”.

Omaira llamó a su esposo en Puerto Rico y él trasladó a Enrique a la sala de emergencias, donde pasó seis horas. Sus problemas respiratorios se habían agravado por dificultades con la transición en Puerto Rico.

En ese tiempo, sin que nadie pudiera atenderla, Emma dejó abierta una llave de agua; el tanque se quedó vacío y no tuvieron agua potable durante días. Luego se descompuso su frigorífico, probablemente por los apagones. Enrique seguía batallando con la escalera. Omaira tenía la sospecha de que eso lo tenía tan ansioso, que se le dificultó respirar.

“Creo que tuvo un colapso nervioso”, dijo Omaira, quien viajó a Puerto Rico unos días junto con su hermana. “Está bien emocional. Nunca lo había visto llorar. Ayer, estaba sollozando”.

Aun así, Enrique insiste todos los días en subir los dieciséis escalones que lo llevan a su casa.

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